Entre dos tierras están
De vecinos mal avenidos anda el mundo lleno
Cómo cambia el cuento.
Hoy son los estadounidenses, pero hace dos siglos con los que andaban a la greña los persas era justamente con los rusos.
Se cumplen este martes 200 años exactos del inicio de la última guerra ruso-persa. Ahora son dos países en el mismo lado de la Historia, pero hace dos siglos el gran oso ruso y el guepardo asiático andaban pegándose tiros por establecer dominio en el Cáucaso: frontera geográfica, cultural, religiosa y política entre una Europa que se va asilvestrando y una parte de esa Asia cortesana de jardines simétricos con olor a azafrán persa. De los escombros de esta quinta guerra entre ambas potencias surgieron las actuales fronteras de Armenia y Azerbaiyán y su consiguiente ligazón como países satélite del gigante ruso.
A este respecto tengo cosas que deciros. Me encontré hace unos meses en la biblioteca Jaume Fuster con una voluminosa novela que me entró por los ojos ya desde el título, “La muerte del vazir-mujtar1”. Ojee las páginas como quien mira los resultados de madrugada del mundial y tuve claro, incluso antes de bichearla por internet, que debía ser esta gran novela rusa.
Liminal como nuestro amor
Las más conocida novela del pionero del formalismo2 ruso Yuri Tyniávov empieza por el final de la guerra a la que nos referimos, con su consiguiente tratado de paz que tienes recreado en la ilustración de más arriba (“Vengo de Persia y llevo a San Petersburgo la paz de Turkmenchay”), y acaba 700 páginas después con una turba enfervorizada entrando por la puerta de la embajada rusa en Teherán3.
Entre medias van desfilando un sin fin de oficiales con sus correspondientes tejemanejes para ocupar el poder. El que más me llama la atención es Samsón Yákovlevich Makinsev aka Samsón Kan, “sargento del Regimiento de Dragones”, con larga melena y barba, me lo imagino encarnado en el actor Jason Momoa. Uno de tantos desertores rusos que pasaron a Persia: “a mis órdenes hay un batallón entero de antiguos rusos, soldados que solo responden a mis silbidos y están dispuestos a hacer pedazos a quien sea, porque declaran que su patria no es Rusia, sino Persia”.
”Hasta el presente cualquier funcionario ruso destinado en el extranjero solo ha pensado en su promoción y no se ha preocupado por lo que había antes de su llegada ni por lo que ocurrirá después en esa región, que parece haber sido conquistada para él…». Ya lo ve - se frotó las manos, suaves y amarillas, y sacudió la cabeza-; usted ha observado correctamente que hay poca gente entre nosotros que esté interesada en el servicio; lo único que hay es vanidad profesional”.
También aparece por ahí el príncipe Alejandro Chavchavadze, responsable de una bodega y una fábrica de vinos en la década de 1830. También comenzó a coleccionar caldos y hoy en día la vinoteca Tsinandali cuenta con más de 16.500 botellas de vino históricas desde mediados del XIX hasta la actualidad. Desde aquí podéis relameros con su actual repertorio vinícola.
En la misma Tsinandali nació Nina, la mujer del protagonista, Griboiédov, poeta y, no olvidemos, el ministro plenipotenciario del título. Responsable de las complicadas relaciones entre el imperio ruso y el persa. Firmó una paz que le llevó a la muerte de manera trágica y salvaje.
Estamos ante una novela en la que estás sucediendo cosas todo el tiempo, pero es un libro complicado de leer a ratos, como complicada debe ser la traducción del ruso de principios del XX al español. Las cosas como son.
Lo que no es óbice para que me hayan entrado unas ganas locas de visitar el Caúcaso4. Concretamente de hacer una excursión por Georgia donde está ambientada parte de la novela.
El Caúcaso me atrae como frontera salvaje y agreste que separa Europa y Asia, todas las combinaciones en las que participen rusos, persas y otomanos que se os ocurran han acabado en guerra en los últimos cinco siglos por esta región montañosa.
En la época de la novela, primer cuarto del XIX, la maquinaría rusa ya había abolido y anexado el reino de la monarquía georgiana (gobernado por los Bagratoni) y del ambiente de la capital, Tifli5, que retrata el libro, emana nostalgia aristocrática georgiana y las lógicas tensiones con los nuevos gobernantes rusos.
En el libro también se habla de Joaquín Espejo, un granadino al servicio del imperio ruso que llegó a mayor general y fue nombrado gobernador militar en Kutaisi6 en 1847, lo pudo disfrutar poco ya que murió el mismo año. “Calvo, cetrino, con papada”. Luchó por los intereses de los restauradores del régimen absolutista de Fernando VII. Se encara con un ruso que combatió a los Cien Mil Hijos de San Luis en el bando del general Espoz y Mina.
“La mayoría no dormía. Nada más irritante para el cuerpo de un soldado que un desfile… Las marchas y las batallas lo dejan derrengado, y duerme como un bendito. Pero un desfile sigue tintineando de noche en sus miembros, la boca está aún paralizada por los hurras, ante sus ojos se suceden un sinfín de manchas de todos los colores: las enseñas, los pantalones de los generales, los uniformes dorados y la pananguía del obispo en la terraza. Hacen falta una pipa y una charla tranquila para que el cuerpo pierda la rigidez innecesaria y se relaje, para que el viento del sueño sople en los párpados”.
La novela describe un tiempo sin tele ni internet en el que “el aburrimiento estaba por doquier. Los Estados se construían y se asentaban, como habitaciones, para llenar el aburrimiento. Por él surgían las guerras y las representaciones teatrales”. A la gente sólo le quedaba batírse en duelo, alcahuetear y difamar, “y todo era por él, por el aburrimiento”.
Pero también se festejaba.
Vamos que si se festejaba.
Máslenitsa, la semana de la mantequilla, el queso y la crepería, aparece descrita como una festividad típica de los eslavos orientales, en la que se montaban unas estructuras de madera que se cubrían con nieve, por las que se descendía en trineo. Rampas artificiales de las que hay noticias desde el siglo XVIII, parece que precedente de las «montañas rusas», un término que no cuajó en Rusia7, y en este contexto se les denominaba «montañas americanas».
Allá donde los tracios
“En cuanto hay una frontera cerca, resulta imposible no involucrarse, no querer exorcizar o transgredir algo. La simple presencia de una frontera es una invitación. Vamos, susurra, cruza esta línea. Si te atreves”.
Lo fronterizo significa este tu boletín siempre al borde de muchas cosas. Hace pocas semanas os hablamos de los límites del imperio austrohúngaro en Galitizia, su frontera con la controvertida Rusia.
Este agosto por fin nos escaparemos a Bulgaria para comprobar si efectivamente es el país más triste del mundo. Al sur de país tienes una de las fronteras más calientes durante ese periodo que se conoció como “guerra fría”. Murió mucha gente en estas montañas por las que ahora pasea algún que otro simpático ciclista vasco con simpatías por la ETA.
Tracia se erigió en espacio liminal, airbag de contención, entre lo que fue el bloque comunista y Turquía y Grecia como vereda occidental y otanista. De la estabilidad de la que disfrutó esta zona bajo manto otomano, a las turbulencias propias de la cercanía de las dos placas tectónicas en las que se dividió el mundo durante la segunda mitad del siglo XX. Por aquí intentaban colarse los alemanes del este que tenían permitido veranear en la conocida como la “riviera roja” porque pensaban que en las montañas de Strandzha se podía descorrer más fácilmente el telón de acero, la frontera blanda no era tal. Años después serán los refugiados sirios los que intenten el mismo camino pero a la inversa, infiltrarse en dirección al continente europeo por este espacio antaño hogar de los tracios y de su vecino más conocido, Espartaco.
Los tracios, con infinito potencial pero sin interés por la conquista, “la primera sociedad formada por entero por hedonistas”. Tal vez por eso fue un pueblo desconocido para los historiadores hasta el siglo XX. “Bárbaros literarios” que no dejaron nada escrito. Su pasado está tallado en tumbas.
Ni Asia, ni Europa.
Eso es Tracia.
La escritora Kapka Kassabova tiene unas crónicas magníficas en las que relata su vuelta8 a esta área sin delimitar después de 30 años de su marcha a las Tierras Altas de Escocia. En estas tierras establece contacto con reductos del paganismo y la imaginería en unos montes en los que las viboras y las alimañas campan a sus anchas. Estamos en tierra de chamanes, también liminales, entre la naturaleza y la metafísica órfica con sus consiguientes fantasmas. Tesoros protegidos por serpientes criadas por uzbekos.
“Tirado en un rincón del jardín del alcalde había un viejo letrero pintado a mano:
“VIVA LA UNIÓN INTERNACIONAL DE LAS CLASES OBRERAS, DE TODAS LAS FUERZAS DEL PROGRESO UNIDAS EN LA LUCHA CONTRA EL IMPERIALISMO POR LA PAZ, LA DEMOCRACIA Y EL SOCIALISMO”.
Una utopía que había salido mal justo por las razones por las que debería haber salido bien merece un minuto de silencio y muchos de reflexión, y aquí había salido peor que en otras partes, por eso la visión de los lugareños era algo que solía experimentarse en la guerra: el desengaño colectivo”.
Yo de Tracia me conformaré, por cuestión de tiempo y distancia, con visitar Plovdiv, a 140 quilómetros por carretera de Sofia, se trata de la segunda ciudad más importante de Bulgaria, en su día capital de Rumelia Oriental (otro espacio liminal y fantasmal que estuvo ahí pero ya no existe). Espero informaros de las maravillas dignas de destacar de esta ciudad con más de 6000 años de historia a recorrer entre calles empedradas.
He preguntado a la IA por restaurantes catalanes por Tracia y me ha respondido que no pero que dejamos huella por aquellas tierras gracias al trabajo de campo de los simpáticos y avezados almogávers: “No obstant això, hi ha un fort lligam històric de simpatia mútua: durant el segle XIV, la incursió dels almogàvers catalans va deixar una petjada tan profunda que la paraula "Katalan" es va utilitzar durant segles en el folclore búlgar com a sinònim d'home fort, guerrer o fins i tot gegant mític de les muntanyes”.
Lo mismo que pensamos los catalanes de los búlgaros y las propiedades energéticas de su yogurt tal como nos enseñó Hristo.
Hasta la semana que viene.
Hasta ese momento no había visto escrita esta palabra que, en realidad, se refiere a un “ministro plenipotenciario”, es decir, un diplomático con capacidad de movimiento para negociar la suerte de todo un país.
La literatura como una ciencia exacta en la que la vida del autor no tiene cabida a la hora de analizar el texto. En la novela que nos ocupa se advierte un intento por describir los hechos de manera quirúrgica. Lo más cercano a una “novela de no ficción”.
El 12 de marzo de 1786 Teherán se convierte en capital de Irán gracias a un eunuco, al primer miembro de la saga qayar, que en realidad no eran persas, eran turcos. “Fundaron una dinastía persa, del mismo modo que unos alemanes fundaron una dinastía rusa, unos franceses una sueca, unos suecos una polaca, o que unos de Hannover fundaron una dinastía inglesa”. Ordenaba poner una balanza en las puertas de la ciudad que tomaba. Tenía la costumbre de pesar los ojos que sacaba a todos los varones. Parece que aún quedan descendientes de este eunuco mala sombra, saga que gobernó el país de los persas hasta hace un siglo, y se reúnen cuando pueden a través del Facebook de la Asociación Familiar Kadjar (Qajar).
Esta primavera he visto por las bibliotecas muchas guías del triunvirato formado por Armenia, Georgia y Azerbayán. Supongo que la gente ya se ha olvidado de Islandia y ya no sabe qué visitar.
A Georgia estuve apunto de viajar en el año 1987 a propuesta de un intercambio con un centro educativo a un precio de risa pero a mis padres no les pareció buena idea. Estuve sin hablarles por lo menos hasta que cayó el telón de acero.
Capital de Georgia del año 1000 al 1122.
Como tampoco tuvo tirón el término «ensaladilla rusa».
Me recuerda a las crónicas de Erika Fatland en su periplo por las ex repúblicas soviéticas de Asia Central.





No sé si le envías a la "ISA" tu Semanada, pero esta en particular se la hago llegar por tu "tanto por ciento" de informador de Historia. Gracias!!
Entre viajes y trochos te veas!