Rancio abolengo
¿Cuánto tiempo te podrías pasar mirando este tarro de perdiz estofada?
Anna inmortalizó el momento perrunilla
Mi paso por Badia del Vallès supuso una experiencia muy bonita en Marte y la llegada a mi vida de otro vicio que se ha complicado una vez volví al tajo en Barcelona. El único sitio que he descubierto en el que venden unas perronillas que pasan el control de calidad son las del Club Gourmet de El Corte Inglés.
Tiré de redes sociales para preguntar por algún otro sitio donde comprar este dulce típico de convento de las clarisas y, bueno, me recomendaron que me pasara por esa catedral de los congelados que es el bonArea. Me acerqué por el del Poble Sec pero sus “perrunas” no son lo mismo. Parecen algo atomizadas y además vienen en blíster. Las perrunillas no pueden presentarse envueltas en plástico y tienen que entrar en la boca bien compactas.
Hueva de mújol, hueva de maruca
Creo que la primera vez que estuve en el Club Gourmet de El Corte Inglés acompañaba a un colega de la emisora scannerFM. Eso debería ser 2006 o 2007. No recuerdo qué coño necesitaría del puto club gourmet el colega pero a mí me abrió como la puerta a algo desorbitado, como prohibido. Una dimensión en la que tú no cabes pero puedes estar un ratito si quieres, ni que sea un poco solo.
Yo por mi parte he tardado veinte años en volver. Porque no hace falta decirlo pero yo, hasta el caso de las perrunillas, al Corte Inglés no entro más que en ocasiones especiales. Un día fui a buscar unas sabanas para mi suegra porque las medidas de la cama tradicional, la de antes, ya sólo la venden en el Corte Inglés. Aquella idea de qué todo lo encontrabas en el Corte Inglés.
Cuando mi padre no sabía qué hacer con sus cuatro hijos nos traía a Barcelona. En Barcelona algo habría que nos podría distraer. Y claro, si uno iba de excursión a Barcelona pasaba irremediablemente por el centro de Barcelona. Una vez salías a la autopista ya una fuerza irremisible te llevaba a Plaça Catalunya. Mi padre quería ir, yo que sé, a la Verneda pero no podía. Era imposible. Todos los caminos llevaban a la Plaça Catalunya.
Lo que no recuerdo es si en alguna de aquellas excursiones nos aventuramos por el Xino, mi actual barrio, no tengo claro cuando lo pisé por primera vez antes de venir a vivir en 2015.
Una vez montaron un Gulliver al que le colgaban las piernas por la fachada, pero tampoco estoy seguro que lo hubiera visto en Barcelona, igual tiene que ver con un grupo de Facebook de recuerdos o en #yofuialaegb.
Yo ya todo lo recuerdo como si fuera un grupo de Facebook.
Esto que explico tuvo que ser en el Cortylandia del año 861. No he usado nunca sus Corticoles. Tampoco he viajado nunca a Túnez con la agencia de viajes de El Corte Inglés. Sé que lleva un tiempo que lo está pasando mal porque no le salen las cuentas por culpa de Amazon. Ya se nota depresión en las caras de los vendedores. Antes eran los mejores del mundo y ahora parece que se conformen con la Conference League.
Así que ahora es buen momento para ayudar a El Corte Inglés. Ha hecho mucho por la gente. En la universidad nos comentaron una vez que las amas de casa iban para allá a echar la tarde por prescripción del psicólogo: ”Usted lo que tiene es que darse una vuelta por la planta de perfumería del Corte Inglés”.
Hay que devolverle parte de lo que ha aportado a la sociedad.
El Corte Inglés visto ahora es un mamotreto que no sé cómo describirlo porque no conozco otro centro del universo, así que le he pedido a chatGPT que nos lo reseñe de manera jocosa, como si fuera un presentador de late night show americano, y después de dos pruebas parece que se ha atrevido con el sacrosanto El Corte Inglés2.
“Mira, ese edificio es como si alguien hubiera dicho: “¿Y si hacemos un portaaviones… pero para calcetines?” Está plantado en plena Plaça Catalunya con la misma sutileza que un turista con chanclas y palo selfie en la Sagrada Familia.
Arquitectónicamente, transmite ese encanto soviético-corporativo de los años en que el beige era una emoción. No es feo, pero tampoco bonito: es… contable. Es el tipo de edificio que si fuera persona te recordaría que guardes los tickets por si hay devolución.
Si Barcelona fuera una fiesta elegante, el edificio del Corte Inglés de Plaça Catalunya sería el tío que llega con traje marrón, se queda junto a la mesa de snacks y, sin decir nada, se come todos los canapés. Nadie lo invitó, pero ahora es demasiado grande para echarlo.
“Quedamos en el Corte Inglés.”
El verdadero patrimonio cultural es saber en qué puerta”.
Todo bien, pero lo que no sabe chatGPT, porque es una máquina y no tiene sentimientos, es que ya nadie queda en la puerta de El Corte Inglés. Porque ya nadie queda en el centro de Barcelona. Los del barrio Raval nos hemos quedado descolgados de todo. Los amigos no vienen a vernos. Ya están todos practicando permacultura en La Floresta o pescando congrios en el Maresme.
Toda excusa era buena en mi niñez para venir a la ciudad.
Ahora todo vale ya con tal de no pisar Barcelona.
Perdiz estofada
“Escalopa fresca de foie gras de pato para hacer a la plancha”.
El aire del Club Gourmet es más denso. Lo habéis notado, ¿o no? Toda esa imagen corporativa, esa imagen de marca, todo eso flota en el ambiente.
Como si estuvieras en una pecera dentro del océano que es el Corte Inglés.
Una vez acabo de reajustar mi respiración a esta nueva presión atmosférica, me quedo embobado delante de un tubo de plástico transparente lleno de caracoles.
Lo que podría parecer deseo es en realidad fascinación ante el rancio abolengo. Esas marcas que vienen del pasado y sabes que seguirán en el futuro. ¿Qué puede haber más rancio abolengo que unas perrunillas de un convento de Salamanca?
Pero por un día no pasa nada, ¿no? Yo mismo soy rancio abolengo. No puedo engañarme.
Yo veo un frasquito de cangrejo real a sesenta euros y a mí se me dispara la imaginación.
Se exhiben productos que no entiendo. Pienso en qué es lo que provoca que un producto que pesa tan poco valga tantísimo. Si hay un cangrejo real quiere decir que nos venden otro que no es tal.
Me doy cuenta de mi estructural analfabetismo como consumidor3. Pero me acuerdo de la primera vez que mi madre trajo un kiwi a casa. “Vienen de Nueva Zelanda”, estuvimos media hora mirando a ver cómo se comía. Resulta que había que pelarlo.
Me pregunta Anna, “¿qué es entonces el surimi de La Sirena que le hemos estado echando durante años a nuestras aburridas ensaladas?”.
¿Cuándo consumes perdiz estofada? ¿Todos los días un poquito? ¿En ocasiones especiales? ¿Cómo cuáles? ¿Cuántos caprichos se pueden permitir esta gente? ¿Todo esto es un capricho o es invertir en calidad? ¿Cómo deben saber todas esas cosas grasosas que venden en lata? Porque la vista se me va a mucha cosa grasosa. Pero de grasa buena. Si te fijas la grasa buena hoy se paga muy bien4.
Marcas rancio abolengo que no ves en el Consum, en el Bon Preu, ni mucho menos en el bonArea. Un circuito comercial que nos está vedado a la mayoría. Pero bueno, después hay otros que se gastan sesenta u ochenta euros en un gramo de según qué otras cosas. Evitemos ser hipócritas en la medida de lo posible, por favor.
Yo reconozco que no he ido al psicólogo en mi vida pero me siento absorbido por todas esas marcas.
Por esas codornices que no se ven pero me imagino reposando en líquido amniótico con cara de felicidad.
En realidad esa codorniz soy yo un martes por la mañana en el Club Gourmet del Corte Inglés.
Casi Dios
El que no me consta que haya pisado nunca el Corte Inglés es Tricky. Si los grandes almacenes de la Plaça Catalunya significan rancio abolengo en todo su esplendor, Tricky siempre ha sido para mí sinónimo de modernidad. En los años en los que mi padre me acercaba al centro de Barcelona a ver que nos podía dispensar la ciudad de los prodigios, Tricky para mí era el monstruo de las galletas.
Este al que nos referimos hoy, al menos antes, se comía los porros que no veas —el tampoco- en sus actuaciones para televisión o en sala.
Estos días se cumplen 30 años de la publicación de su segundo álbum que decidió firmar como Nearly God (el primero también lo sacó en febrero pero de un año antes, un mes corto pero en el que siempre había sitio para Tricky). Cameos de dos voces femeninas de aquel momento como Martina (la tienes en el vídeo de más arriba) y Björk.
Este sonido me recuerda a otro templo de la modernidad como El Camello de Portaferrissa. Cuando se podía ser moderno, no como ahora.
Como no puede ir a misa ayer por la mañana me puse a este casi Dios y ha envejecido bastante bien.
Y si hablamos del año 86, entonces nos tenemos que remitir al boletín de la semana pasada.
Mucho criticar al chatGPT pero esto en los medios convencionales no lo verás escrito. Que aún pone mucha pasta El Corte Inglés.
Tampoco sabía de la existencia del pèsol llàgrima (“el caviar verd”), según una fuente en Bluesky ha llegado este fin de semana a los 190 euros el kg en el Mercat de Galvany de Sant Gervasi.
Estoy releyendo el post y se nota bastante que he escuchado estos últimos días dos podcasts seguidos de Carlo Padial. De hecho, es un tema recurrente en los monólogos del director de cine. Los mejores días de su infancia los pasó en El Corte Inglés. El problema de lo que te inspira es que acabas hablando muy parecido.





En El Corte Inglés se mangaban los vinilos fenomenal, y los CDs, por alguna razón si juntabas dos con las pitas puestas están se anulaban entre ellas y podías pasar desfilando por las puertas chivatas. Luego vino la piratería y nos jodió a todos, al departamento de música del corte y a nosotros. Por supuesto que no he vuelto a pagar por música enlatada.
Hay muchos ingredientes en El Corte Inglés difíciles de obtener en otros sitios p.ej el azahar que utilizan en la comida persa